Un espíritu dormido, la Extensión Universitaria (opinión)
La Extensión Universitaria fue uno de los pilares del reformismo
universitario. Fundamento de la relación de la universidad con la sociedad,
sigue siendo hoy una asignatura pendiente del reformismo.
El
espíritu de la Extensión Universitaria se cruza en los orígenes reformistas,
sobrevuela un popular barrio cordobés, pero tendrá que esperar más de 80 años
para renacer.
En
1913 se crea el Hospital Nacional de Clínicas, que se había comenzado a
construir en 1885, actualmente la Facultad de Ciencias Médicas de la
Universidad Nacional de Córdoba, su estructura edilicia imponente, fue en ese
momento una de las mas importantes de Argentina y de América. Su construcción
congregó a gran cantidad de personas para la realización de la obra, incluso
técnicos y obreros alemanes y de otras nacionalidades.
“Hasta
entonces se denominaba Barrio de Las Quintas porque en ese lugar estaban las
huertas y el mercado de abasto, donde hoy es el Registro Civil, desde donde se
distribuía a la ciudad que entonces quedaba un poco retirada”, nos cuenta
Gonzalo Sarria, durante una exposición en la Asociación de Universidades Grupo
Montevideo en 2017.
“Por
entonces venían estudiantes de todas las provincias a estudiar a Córdoba,
incluso de otros países. La juventud vivía en pensiones. Los obreros y
estudiantes convivían en el barrio”, explica Sarría. “Así se constituyó el
barrio Clínica en el entorno del edificio. Existen aun las viejas calderas,
lugar que fue el epicentro de las luchas sociales de esa segunda década del
siglo veinte”, agrega.
Sarría
es Director del Museo Casa de la Reforma que funciona en este edificio, y ha
recopilado durante años información referida a este lugar: “El barrio Clínica
se transformó poco a poco en protagonista, fue denominado tiempo después Primer
Territorio Libre de América, y fue usado muchas veces como referencia a
lo que esta sociedad cordobesa podía generar”.
Una
serie de acontecimientos que se inician en 1912 con la ley Sáenz Peña y
la instauración del sufragio universal, la presidencia de Hipólito Yrigoyen en
1916 y posteriormente la Revolución Rusa acentúan el enfrentamiento entre los
sectores conservadores de la ciudad y los estudiantes. Comienzan así las
primeras manifestaciones en 1917.
Entonces es claro que el origen donde se gesta el movimiento, en ese lugar, en el entorno de la Universidad, es decir, en ese medio que compartían familias, obreros y estudiantes. La Universidad a partir de ese momento ya no sería igual.
“La
vida de una comunidad consiste en la permanente acción y reacción del Estado y
la Sociedad, esta oposición vital forma el verdadero contenido de la historia
de los pueblos […]. La revolución es una necesidad, es un acontecimiento
totalmente natural, tan pronto como la clase dependiente ha adquirido los
bienes sociales y espirituales que condicionan su igualdad”, afirmaba
Lorenz von Stein, sociólogo alemán a fines del siglo XIX.
Un
año más tarde, en junio de 1918, aparece el manifiesto liminar, que titulaba
presagiando “La juventud de Córdoba a los hombres libres de América del Sur”.
En el texto del Manifiesto destaca: “Las universidades han sido hasta aquí el
refugio secular de los mediocres, la renta de los ignorantes, la
hospitalización segura de los inválidos y -lo que es peor aún- el lugar en
donde todas las formas de tiranizar y de insensibilizar hallaron la cátedra que
las dictara. Las universidades han llegado a ser así fiel reflejo de estas
sociedades decadentes «. Y continúa más adelante: «[…] cuando en un rapto fugaz
abre sus puertas a los altos espíritus, es para arrepentirse luego y hacerles
imposible la vida en su recinto”.
Si
leemos y releemos este texto completo, es evidente que el reclamo
fundamental es el de la apertura de la universidad a la sociedad. Y sigue
cuestionando hasta la forma más básica de la docencia: “El concepto de
autoridad que corresponde y acompaña a un director o un maestro en un hogar de
estudiantes universitarios, no puede apoyarse en la fuerza de disciplinas
extrañas a la sustancia misma de los estudios. La autoridad, en un hogar de
estudiantes, no se ejercita mandando, sino sugiriendo y amando: enseñando”.
“La
extensión universitaria ahí ya estaba a flor de piel” nos explica Sarría.
Entonces
es claro que el origen donde se gesta el movimiento, en ese lugar, en el
entorno de la Universidad, es decir, en ese medio que compartían familias,
obreros y estudiantes. Es ahí donde se manifiesta la necesidad de un cambio.
Entra en diálogo con estos sectores disconformes, principalmente estudiantes,
pero que estaban apoyados por el entorno social, y así comienza su apertura,
contagiando a toda América. La Universidad a partir de ese momento ya no sería
igual.
Gumensindo
Sayago, Enrique Barros, Deodoro Roca, Antonio Medina Allende, Ernesto Garzón,
entre muchos otros, fueron los ideólogos y protagonistas de esta
revolución.
Si
entendemos a la Extensión Universitaria como el vínculo con la sociedad, vemos
aquí los primeros -aunque forzados- diálogos entre la Universidad y la sociedad
cordobesa.
Recién
alrededor de 1940 se comienza a institucionalizar la función de extensión
universitaria en diferentes universidades argentinas, pero siempre en un
sentido unidireccional, es decir, como el viejo modelo de Cambridge, una
extensión de la universidad a la sociedad, como un servicio.
Los
avatares de la Argentina, en el que se fueron alternando democracias y
dictaduras, no permitieron la profundización de los ideales de la Reforma, en
especial el de la Extensión Universitario, como una función necesaria.
El
espíritu quedo ahí dormido en 1918, la universidad se erigió de nuevo como
auto-suficiente y desvaneció sus efectos. Olvidó aquella universidad que se
debe nutrir de la sociedad.
Como
todo desarrollo interrumpido, despertó a fines del milenio con la
democratización generalizada de las universidades, tal vez cuando se comenzó a
valorar de nuevo la dimensión dialéctica universidad-sociedad que habíamos
abandonado.
En
éstas dos últimas décadas, con mas tiempo para planificar, sin las
interrupciones a los gobiernos democráticos, las universidades -aunque a
cuentagotas- empiezan a mirar de nuevo hacia afuera.
La Universidad argentina ahora necesita cada vez más de la sociedad que la incluye, fundiéndose en ella, construyendo a partir de ella.
“Hay
que pensar en una universidad cada vez más integrada a la sociedad,
generando acciones que contribuyan a resolver los problemas importantes
que la población tiene y pensando en formar profesionales no sólo como
técnicos, sino también como universitarios que tengan un nivel de sensibilidad
y solidaridad a la hora de ejercer su profesión”, dice Humberto Tommasino,
importante referente de la Universidad de la República en Uruguay.
Desde
otras latitudes, como esas ideas que dan la vuelta al mundo, Boaventura de
Sousa Santos, académico portugués, nos plantea la “ecología de saberes”, que es
la posibilidad de generar espacios en donde distintos saberes puedan
interpelarse mutuamente: el saber popular, el saber que tiene la
sociedad, sea campesina, sea un grupo de vecinos, referida a temáticas
diversas. Qué es lo que saben esas poblaciones con respecto a ese tema y que es
lo que sabe la academia y como podemos generar un espacio en donde esos
saberes generen un saber nuevo.La adquisición de estos conocimientos y nuevas capacidades individuales y grupales, producto en la interacción universidad-sociedad, constituyen nuevos desafíos de las universidades.
¿Surge
de una necesidad ineludible? ¿Las universidades que no resuelven esto se
vuelven de nuevo poco a poco anacrónicas? o acaso ¿la sociedad les reclama de
nuevo participar?
O tal
vez, como una paradoja, la Universidad argentina ahora necesita cada vez más de
la sociedad que la incluye, fundiéndose en ella, construyendo a partir de ella.
Lo
cierto que hace cien años este barrio popular pudo dialogar con una universidad
hasta entonces cerrada, elitista, clerical y conservadora para luego
transformarla. Ejemplo en el mundo que muchos imitaron y que otros
quisieron, y aún quieren callar.
(Meguzy)

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