La batalla de Erina
La
pandemia había dejado un tendal de muertos, de muertos vivos y de vivos, aguas
y cielos claros y un millón de preguntas.
Aún
quedaban grandes vestigios de todo aquel desastre, pero aquí en el paraje de
Ticucho, uno ni se imaginaba que todo aquello podría haber pasado. Los
limoneros estaban más lindos que nunca y sus buscados y benditos “Eurekas” parecían
más bien pomelos amarillos. Los caminos de tierra estaban enteros, el clima más
benévolo y el traicionero lago estaba lleno de agua y peces. Recién pintado el
blanco rancho y los pájaros; teros y catas, mucho más ruidosos, como esos
fiesteros trasnochados que se dejan estar y siguen festejando y cantando, hasta
que amanece, como si nada importara.
Erina
se preparaba para ir a la ciudad, aún no amanecía, tenía que caminar dos
kilómetros y pico, hasta la “Ruta 9”, eran como tres mil cuarenta y dos pasos,
los había contado muchas veces y de ahí esperar algún colectivo rural que
quiera parar, luego bajaba en el centro, en la ruidosa esquina de calle Santiago
y Salta, para caminar otras diez cuadras hasta el “Profe”, en la General Paz y
luego, ya por la tarde, pasar por la facultad y todo de vuelta y a la inversa
para volver al rancho. Para cualquier otro mortal esto sería una odisea diaria,
pero Erina ya lo tenía incorporado a su trajín, era de lo más natural. En su
mochila siempre cargaba un par de zapatillas extras, un apretado de
queso, una botella de agua, utopías y esperanzas entrelazadas.
Antes
de salir le dijo a su madre que lo intentaría de nuevo, que “entraría” en
medicina, así sin darle derecho a réplica, la besó. Su madre la miró
profundamente, le tomo de las mejillas en silencio y sonrió.
Parece
que todo esto que sucedió, había inspirado a Erina. Los superhéroes habían sido
los médicos y ella hubiera querido ser uno de ellos. Protagonizar algunas de
esas proezas, historias increíbles de superación, tal vez algunas estaban muy
adornadas por la prensa mentirosa, pero seguro tenían mucho de ciertas. Su excesiva confianza y entusiasmo y la
máquina burócrata y selectiva la habían dejado afuera de “la facultad” y ella
tenía que intentarlo de nuevo. Estaba decidida.
En junio
cumpliría veinte años, de “generación z”, la destinada a transformarlo, a
revolucionarlo, no con armas, si con conocimiento. Era flaca y alta, algo
atlética, morena, de buenos modales, alegre y con una tonada bien tucumana.
Tenía ojos verdes, heredados, como su nombre, de sus abuelos hijos de
irlandeses. Su bisabuelo Jean Sullivan,
era un marino irlandés camarada del conocido Tomas Craig, ambos habían llegado
a Buenos Aires en 1806 como parte del Cuerpo Expedicionario Británico durante
la Primera Invasión Inglesa, después de la capitulación de Beresford, Craig y
Sullivan se quedaron en el Río de la Plata. En 1810 ambos tomaron la espada al
movimiento emancipador. Participaron en muchas batallas entre ellas la de
Tucumán en 1812, Craig, fue gravemente herido en la trifulca y enviado a
Córdoba para su recuperación, luego éste
realizaría un sinnúmero de hazañas, entre ellas, la famosa defensa del Río
Paraná en La Vuelta de Obligado, donde unió 24 lanchones con cadenas para
impedir el avance anglo-francés en noviembre de 1845, Sullivan, en cambio, se enamoró de esta
tierra diferente y de sus mujeres y se quedó en Tucumán un tiempo, luego, como
no podía ser de otra manera, volvió a su verdadero amor, el mar.
El
padre de Irina, nieto de Sullivan se había marchado de casa sin aviso hace tres
años, y sus dos hermanos mayores se habían puesto a cuestas la casa y el campo
de limones. Superaron juntos más de un mal paso, más de una noche sin cena, más
de un llanto contenido, pero muchas satisfacciones de una vida tranquila en un
lugar de alucinante belleza. Entre sus hermanos le decían “Paradice” (como le
decía su padre), cuando quería nombrarlo, así, sin que los demás sepan de qué
hablaban. Eso era, un refugio, un paraíso este lugar, tenía un amanecer
abrumador celeste acuarela y unas brillantes noches zodiacales.
Ese
día, al pisar las veredas de la tumultuosa y sucia ciudad, que generalmente de
alguna extraña manera le agradaban, algo le molestó, le dolió; las cosas ya no
son como antes, pensó. La gente había
perdido la sonrisa, la espontaneidad y la gracia, entre otras cosas más
invisibles. Tal vez porque habían perdido también la extraordinaria posibilidad
de cambiar y hacer algo determinante para transformar este mundo. Se sentía
todo como el día después de una gran revolución en donde los resultados no
estaban acordes con la batalla, sino más bien, todo lo contrario.
La
tranquila paz del rancho, contrastaba con la incomodidad casi absoluta de esta
ahora, extraña ciudad. Veía una mezquindad acentuada en aquella masa, el
individualismo se había apoderado de todos, como una peste calamitosa, mucho
más grave que el corona-virus. “De un individualismo cada vez más exaltado no
nacen más que soledades”, muchas soledades, eso se sentía. El escepticismo
también había calado hondo, peligrosamente se había instalado aquí, una de las
peores especies del destructor confort. Ya los ataques a esta tierra y sus
habitantes no vendrían tan sólo de extraños virus mortales, de malvados
dictadores o de empresarios inescrupulosos y ambiciosos, sino de nosotros
mismos y de nuestras propias mezquindades retroalimentadas.
El
virus había actuado, habían caído las máscaras, se habían puesto más en
evidencia muchas cosas escondidas bajo la pesada alfombra. Realidades que
cuesta reconocer y que transcurren a nuestro lado. La pobreza estaba exaltada y
más visible y la cruel riqueza percibida y mal escondida. Estaba expuesta la
falta de equidad en todas sus formas. También había quedado en evidencia la
inutilidad de sectores políticos y servidores públicos acostumbrados a explotar
los bienes del estado como suyos. Era el efecto de ver la realidad, la cruda
realidad. La policía envalentonada, pateaba chicos de las esquinas, creyéndose
poderosa. El oprimido, más oprimido por verse así, y reconocerse más oprimido y
sin poder de reacción. El estado con el pretexto de que te cuida con políticas
de “salud pública” se había dedicado a suprimir todo tipo de libertades,
rellenándola con propaganda carísima.
¿Habíamos
derrotado al virus?, o en realidad el virus había triunfado. ¿O el resultado
del virus nos estaba diciendo algo? ¿Por
qué nadie reaccionaba? Demasiadas preguntas y muy pocas respuestas.
No
cualquier observador podía mirar esta situación tan particular. Se requería de
una distancia física, geográfica y mental para desarrollarla, analizarla y
enfrentarla. Erina era eso más que nada, una sabia observadora, de sangre
entremezclada hecha de noble tierra tucumana y estratega irlandesa.
Temía
confirmar su teoría, ¡no podía ser que pasara esto!, tenía que encontrar algo
que ponga las cosas en su lugar. ¿Ésta era una gran oportunidad para cambiar? ¿O estaba equivocada? ¿Era su mirada poco
objetiva? Había que restaurar, reparar el daño, no sé, de alguna manera, se
dijo, mientras caminaba por las veredas desparejas que ahora, ya sabía por qué
le molestaban tanto.
///
El
abogado se acomodó la corbata azul celeste, que contrastaba con su camisa
blanca, eran los colores de la patria y además los colores del partido que
había adoptado con el tiempo, siguiendo su instinto conservador, pero no
conservador tan solo del sistema político, sino más bien desde el punto de
vista personal, existencial. Era su cuarto día de oficina, aunque había sido
designado ya hace dos semanas a toda pompa.
Empezaron
a desfilar por su escritorio, primero, los empleados más cercanos, el círculo
íntimo que había dejado el funcionario saliente. Conocía a algunos, porque eran
del ambiente, otros los había visto en sus incursiones por estas oficinas,
semanas atrás, cuando se enteró que podía aspirar a ese sitio de poder.
Pisaba
los cincuenta y nunca había ejercido como abogado, siempre había subsistido de
algún cargo que el generoso estado proveedor le había asignado. Seguro de sí,
al menos en apariencia, corpulento, casi relleno, rubio lacio y de tez medio
colorada. Le gustaba eso del escritorio, el teléfono, la secretaria, lo hacía
sentir importante, poderoso. Pero poco a
poco, ese día, su satisfacción fue perdiendo toda fuerza.
—Doctor
G, su llamada por la línea uno— dijo la secretaria
—Gracias—
respondió.
—Buenos días Doctor, soy Mariel, hay dos mil
cuatrocientos inscriptos para el ingreso a primer año de medicina, el Señor
Rector me dijo que se lo comunicara, le mando el informe por e-mail— de acuerdo—
respondió G.
Llanes,
el funcionario saliente había presentado su renuncia hace unas semanas, no
había podido manejar justamente esta situación del ingreso a la Facultad de
Medicina. El fusible típico que se evapora, con causa y sin consecuencia.
G
estaba solo, muy solo, puso los codos sobre el escritorio y se agarró la
cabeza, no le sería fácil mantenerse en el cargo, muy en el fondo él ya estaba
arrepentido de haber aceptado esta “papa caliente”. Su cabeza daba vueltas, sentía
un hormigueo extraño en el pecho.
G, al
leer el informe, quedó paralizado, más paralizado que antes. Su parálisis toco
fondo. Hasta ahí había llegado su representación de papel del inútil alegre que
acostumbraba. Haría el mismo papel de Llanes, ¡Qué horror!, ¿o intentaría algo?
Tomo
el teléfono.
—Mariel,
por favor, me puede mandar las estadísticas de los últimos cuatro años del
ingreso a medicina y las actas de las reuniones del consejo— pidió, en un acto
reflejo.
¡Qué
horror!, se repetía, preocupado por él. Durante la pandemia, faltaron médicos,
el gobierno nacional trajo médicos de Cuba y China, y aquí en esta universidad
pública, ¡Habían rechazado mil ingresantes a la carrera por año!
Se
decía que no había capacidad edilicia, que no había docentes suficientes,
etc. Ése era el discurso que estaba
acostumbrado a repetir. ¿Ésas eran razones valederas o verdaderas?, o sólo un
justificativo para los que en el fondo piensan y confiesan que “no pueden ser
todos médicos”, porque NO, o para aquellos otros eruditos que dicen y repiten
en los cafés que “hay médicos o ingenieros manejando taxis”. O peor todavía los
que piensan “si todos son profesionales, quién hará los trabajos ordinarios, la
mano de obra barata”, en fin, patéticos argumentos que él repetía de manera
autómata. ¡Qué horror! O tal vez, la típica trampita de que entren todos y los
limpiamos en el primer cuatrimestre.
Se
levantó de su cómoda silla giratoria, salió del despacho a veintidós grados
centígrados de temperatura, camino por los pasillos calientes, no sabía dónde
iba, buscaba respuestas, pensaba, caminaba. Su mente estaba medio oxidada a
falta de pensar soluciones, se había acostumbrado a seguir la corriente a
“subirse al caballo en movimiento”, así sin pensar.
Volvió
a su despacho, volvió a leer las actas, volvió a salir. Caminaba, solo caminaba
y pensaba, su cabeza daba vueltas, se detuvo en los carteles de anuncios de la
fotocopiadora a ver si encontraba alguna pista, ahí estaban los anuncios de los
teléfonos de los docentes que preparaban para el ingreso, sospechados de vender
exámenes y peor de mantener el sistema distorsionado y corrupto, cobrando sumas
ridículas. Fue al baño público, leía hasta las sucias puertas de los retretes,
sus signos y sus marcas, esperaba una señal, algún indicio, siguió caminando,
lo torturaban sus propias y grandes contradicciones. Sus posturas
condescendientes, obsecuentes y mezquinas y su falta de principios sólidos.
Siguió caminando, empezó a sudar en la camisa, ardía por dentro y fuera, se
sacó el saco azul, y se lo colgó de un hombro. Hasta se sentía cómplice, aunque
no había hecho nada, por eso, porque justamente no había hecho nada, sabiendo
lo que ocurría. Siguió girando, al fondo del pasillo, hasta bioquímica, giro,
entro en la escuela de enfermería, salió por General Paz, hasta la esquina
Ayacucho, giro de nuevo, volvió a entrar por el frente del edificio. Estaba así
en su periplo sin rumbo cuando tropezó con la muchacha.
—Lo
siento, no te vi venir—dijo G
Erina
también venia mirando el piso, sin horizonte cierto, se había olvidado de su
ingreso y estaba concentrada en el “efecto corona-virus”. Seguía pensando en
eso…
—Perdooon—
se disculpó Erina, recogiendo sus apuntes que habían rodado por la galería
abandonada y polvorienta.
G se
agachó para recoger algunas hojas. Una de ellas decía “Curso de Ambientación-
Facultad de Medicina”, de repente su mente se iluminó, como si se hubieran
alineado Saturno, Venus, la Luna y la Facultad.
Se
dice que cuando el alumno está listo, llega el maestro. Esto pasó.
—¿Estudias
medicina? — dijo G, preguntando lo que creía que era obvio.
—¡¡ya
quisieeeraa!!, estoy intentando entrar todavía— dijo Erina con un poco de vergüenza,
cantando en tucumano.
—¿Te
puedo… preguntar…algo relativo… al ingreso?
—pregunto tartamudeando G, haciéndose el distraído, para lo cual era una
luz, master en engaño.
—Si,
claro— respondió Erina dulcemente.
— ¿Qué
piensas de eso?, del examen, de la cantidad de estudiantes, de los que
preparan, de eso— dijo G
—A veeer, primero pienso que se tendría que
ver las cosas al revés, desde la perspectiva del protagonista—
—¿El protagonista seria…? —
—¡El ingresante!, las cosas tendrían, podrían
ser distintas. Estudiar medicina o “lo que sea”, tendría que ser porque me
gusta, porque quiero, porque tengo la vocación y la pasión por ello, pero
también porque veo que mi comunidad lo necesita y quiero sentirme útil y
progresar en esa, mi sociedad. Entonces, ¿Porque no puedo estudiar? No es acaso
un derecho humano la educación. Nadie puede ni tiene el derecho de decirme que
yo no puedo. Todo lo contrario, todos tendríamos que trabajar para que nadie
quede afuera— desembuchó Nerina como algo que tenía atorado en la garganta hace
ya tiempo.
—Si,
claro— acotó G, estupefacto.
—Si,
claro, pero ¿cómo hacemos eso?, es fácil decirlo — agregó G.
—Así
es, primero hay que decirlo, fuerte y claro — remató Erina.
—De
acuerdo, ¿y luego qué? — dijo G, como queriendo probar a la mujercita.
—Porque
no prueba escucharlos a cada uno de ellos, preguntarles de dónde vienen, que
hacen, que quieren, como se sienten, como viven, de que viven, donde viven, que
esperan, que no esperan—
—¿personalmente,
uno por uno?, son muchos, ¡imposible! — replicó G.
Que
gran idiota, pensó Erina, pero no lo dijo, pero su mirada y su cuerpo si lo
dijeron.
—Si,
claro, no son un número en la planilla, no dije que es fácil, escúchelos y
después me cuenta —dijo la joven
G quedó
boquiabierto, nunca se le hubiera imaginado esa respuesta.
—Eso
es totalmente imposible —repitió, murmurando
—¿A
si?, y es posible tomar cuatro o cinco exámenes escritos viciados a todos al
mismo tiempo, todos amontonados en una silla, por faavooor, ni siquiera son
exámenes, son múltiples choise, yo lo viví, disculpe, ¿usted, rindió
ingreso? , ¿aaa?, ¿aaa?. — dijo provocadora Nerina
—¿si o
no?, respóndame —
—No,
no — dijo G — maldita hora— murmuró para adentro.
Se
hizo un silencio. El sol pegaba en las paredes descascaradas del edificio
amarillo y el amarillo perdía a cada segundo su amarillo, que ya no era
amarillo hace un largo rato.
A G le
sonó el estómago y se sintió un olor putrefacto, mudo, corrió a la
oficina. Esta pendeja me dejo pensando,
se dijo. Creo que me cagué.
Erina
muy molesta, furiosa, muy furiosa, emprendió su largo regreso a su “Paradice”.
Para
sus adentros pensaba. La pobreza material es muy difícil, no tener que comer,
tener frio y no tener un techo, pero no tener educación, eso sí que es ser
pobre, eso de que nadie te diga las cosas como son, eso de vivir en la mentira,
engañado eso es la peor de las pobrezas. Es simple, el conocimiento nos libera y nos
protege al mismo tiempo, como comunidad primero y como individuo luego, y al
revés, entonces había que consolidar y garantizar los derechos a la educación.
Ese sería el único antídoto al estado residual que nos había dejado el “Corona virus”.
La educación sin condición de origen, de clase, de edad, de sexo, etc. Había
que romper todas las estructuras que frenen el conocimiento en todos los
niveles. La nueva educación en todo, sus resultados nos harían personas más
espontaneas, más seguras, tal vez más optimistas, más solidarias, más creativas
y lo más importante nos haría sentir menos engañadas. Que estructuras habría que romper entonces,
primero la escuela tal como la conocemos. No saber de verdad, te convierte en
un hombre o una mujer, engañado o engañada por el sistema que dice que te
educó. Te mienten todo el tiempo, eso se siente. El virus y sus efectos puso en relieve
tooodoooo eso. Por ejemplo, de que todo el tiempo te digan qué hacer y qué no
hacer. Eso tan simple, nos dimos cuenta que siempre nos dicen qué hacer y qué
no hacer, no tan solo en la cuarentena, esto viene de mucho antes. El “corona
virus” solo lo puso más en manifiesto, lo hizo más visible. Nos dimos cuenta
que en realidad no avanzamos como sociedad, hace rato que retrocedemos, no
podemos verlo. No se puede parar la máquina para verificar lo que digo. O de
nuestro medio ambiente, nadie dice que las emisiones actuales de gases matan,
todo el tiempo, por el contrario, nos dicen que estamos bien y que podemos estar
mejor. Gran mentira. O podemos hablar de los animales que eliminamos de la
tierra, no se extinguieron, los eliminamos, pero decimos que salvamos este o
aquel. Así podríamos hablar de todos los
temas y todos tienen respuesta, vivimos engañados. La policía que dice que nos
cuida, mentira, la policía mantiene el sistema corrupto del crimen y la droga.
Y así podemos seguir dando ejemplos eternamente. El “Corona Virus” es
revelador. Nos quitó vidas, muchas vidas, no trajo dolor, mucho, mucho dolor, pero
talvez nos está dando la oportunidad para cambiar.
Al
acercarse a su pago, su alma fue recuperando de a poco la esperanza, desde allí
se veía todo distinto. Llegó a su rancho extenuada, ya respiraba de nuevo. Dejo
sus cosas, tomo su caña de pescar y camino hasta India Muerta, su escondite en
el lago.
Se
preguntó, ¿Habrá entendido ese gran idiota lo que le dije?, no podía abstraer
su mente.
La
brisa suave, el olor a tierra mojada y a hierbas, comenzaron a hacer sus efectos,
las piedras redondas del camino se sentían en las plantas de los pies como
masajes, todo conspiraba para relajarse…, sentía como todo bajaba a la tierra,
se transfundía y la aliviaba de alguna manera.
El
lago Celestino estaba más azul y más claro, se veían los pejerreyes ulular
cerca de la costa, arrastró el viejo bote al agua y se sentó unos minutos a
cambiar el aire de sus pulmones. Luego busco una lombriz de carnada y preparó
el anzuelo y tiro la pequeña línea al agua. Una garcita bueyera pescaba cerca
de ella, tranquilamente.
Hace
un tiempo que era muy fácil pescar, ella lo había notado y pronto, muy pronto
pensaba que se llenaría de pescadores y no pescadores. Los pejerreyes cautivos nacían y morían en el
lago, algunos sobrevivían al dique y padecían las contaminadas aguas del sur,
otros con suerte diferente serian cazados por alguna garza o un tero o por los
pescadores de fin de semana. No tenían salida.
¿Acaso
los pejerreyes quieren que los atrapen? Al tirar la línea aparecían varios
engañados por la carnada y picaban y huían, en un juego silencioso y eterno.
¿Que querrían? Seguir en el lago o trascender y nutrir a otro ser, o solo
jugar, pelear y morir, así anónimos e irreconocibles.
La
vida para ellos era así, paz, furia y de nuevo paz, y para ella también.
No era
acaso ella un pejerrey en la ciudad, tratando de ser algo y de no morir así,
sin más. Vivir tratando de encontrarle a la vida un sentido, una razón. Si,
estaba en ese juego y lucha con la carnada y el anzuelo, en esa lucha desigual
y reiterada que la interpelaba. Qué hacer entonces, seguir tranquila en el lago
nadando y nadando comiendo bichitos y renacuajos, crecer y morir, o dejarme
pescar, morder la carnada y que el anzuelo cruel me cruce el labio,
sacrificando la vida, mi vida por otra vida.
El
asunto no era el resultado, el asunto era la batalla, dar batalla, no dejar que
te engañen tan fácil, así el honor de la trifulca de sus antepasados volvía a
cobrar significado, de valor por la lucha y de honor por la verdad.
Ella
sabía cuál era la carnada y cuál el anzuelo vil, conocía el juego y sus
riesgos, y ya lo había decidido, haría mucho ruido, lucharía con todas sus
fuerzas, daría batalla hasta morir.
///
Una
semana más tarde se encontró de nuevo caminando cabizbaja por la ciudad, el
aire denso e irrespirable y el corazón triste.
Entró
en la facultad pasado el mediodía y observó unos atractivos carteles azules
impresos que decían “No hay Vacantes para el Ingreso a Medicina, Deja tu Lugar
para los que realmente Quieren Estudiar”
Había cientos
de hojas de nombres pegados en las paredes de los pasillos, todos los que
querían ser médicos, al acercarse vio que muchos de los nombres estaban
tachados, vio también a varios estudiantes cabizbajos tachando sus propios nombres,
sintió que un escalofrío le corría por la espalda.
Erina,
indignada, comenzó a arrancar los carteles azules, rompió algunos en mil
pedazos, con bronca, mientras gritaba:
—Nooo,
no abandonen, luchen por sus sueños..., vamos no abandonen por favooooor. —
—Nooo,
no abandonen por favooooor. — repitió exaltada.
Algunos
la miraron azorados y se fueron, otros se acercaron y le preguntaron si estaba
bien, si se sentía bien, otros la acompañaron.
—Chicos,
tenemos que entrar a la facultad todos, todos tenemos que ser médicos— dijo
Nerina más calmada, pero con firmeza.
—Vamos,
saquemos esos carteles, y los llevemos al rectorado—
—Vamos,
vamos—
Cruzaron
el patio viejo y entraron al rectorado y pusieron los afiches en el piso. De a
poco se fueron juntando los estudiantes, vinieron estudiantes de otras
facultades, pocos minutos más tarde eran una multitud que reclamaba su lugar.
—¡Queremos
estudiar, queremos estudiar! — empezó cantando Erina.
— ¡Queremos
estudiar, queremos estudiar! —
La
muchedumbre la acompañó y el patio empezó a temblar, el maltrecho techo postizo
tambaleó, sobre las estatuas impávidas.
En la
oficina de G se escuchaba el clamor claramente. Las tazas vacias vibraban sobre
sus platos.
G
salió desafiante, con bronca al patio, y fijó la mirada en Erina que era con
seguridad, para él, la organizadora de esta incipiente rebelión estudiantil.
La
multitud volvió a cantar, ahora más fuerte que nunca, parecía como que veían
que era ahora todo era posible.
—¡Queremos
estudiar, queremos estudiar ¡—
—¡Queremos
estudiar, queremos estudiar ¡—
Un
grupo de funcionarios apareció, como secundado las acciones de G, (que seguía
mudo). Ya era el horario de salida de trabajo y empezaron a salir también los
empleados del rectorado, con cara de sorprendidos, que no entendían o no
querían entender que es lo que pasaba.
—No,
no se va nadie de aquí, queremos estudiar— dijo alguien entre la muchedumbre
—Nadie
se va, nadie se va—
—Nadie
se va, nadie se va— replicaron todos a los gritos
G,
miró a su alrededor, sintió que podía poner las cosas en “su lugar”, levantó la
mano señalando a Erina, pero se quedó mudo, de repente sintió que una aguja se
clavó en su pecho. Al segundo se desplomó en el piso. G vio pasar su vida en
fotogramas recortados y deformados, en espiral repetitivo, sin coherencia, muy
vacío. Perdió el sentido, creyó morir.
Un grupo
se acercó a auxiliarlo.
—
¿Está bien señor? — le dijo un estudiante de medicina—solo soy estudiante, pero
me parece que usted necesita un médico—
Llamaron
a un médico que tardó demasiado en llegar, casi media hora después. El médico lo
revisó rápidamente. Dijo que no era nada, “es solo un pico de presión, trate de
no tomar tanto café”.
Luego,
sacaron un sillón al patio y sentaron a G, todavía aturdido y le dieron un vaso
de agua.
La
multitud que seguía allí, poco a poco, comenzó a dispersarse.
Erina
se abrió paso entre la gente que lo rodeaba, G con la cabeza gacha, abrió los
ojos y vio unas zapatillas que se acercaban.
Erina
se arrimó y le dijo al oído:
—Disculpe
el mal momento… pero ve ahora porqué se necesitan médicos, muchos médicos—
G la
miró, en silencio y asintió tímidamente.
Un fuerte
viento comenzó a correr y de pronto el cielo se puso negro. Los estudiantes se
fueron, solo quedaron los papeles dispersos por el piso, haciendo remolinos en
el aire.
Erina rápidamente
tomó sus cosas y emprendió el regreso a casa. Corrió por calle Ayacucho, entre
las gotas frías de lluvia.
Se fue
feliz, pensando que había ganado su primera pequeña batalla.

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