El renacer de Clara (cuento)
Entró al edificio decididamente, era de esas casas antiguas y bien conservadas, con el primer escalón de mármol blanco y el portal alto de roble siempre abierto, cruzó el zaguán, abrió la antigua puerta de cancel de cristal repartido, y se acercó tímidamente a la recepción, apenas podía asomar su cabeza sobre el alto mostrador de madera.
Titubeo por un momento, se frenó dudando que
hacer, entonces respiró profundamente, afuera una torrencial e inesperada
lluvia primaveral la había empapado totalmente. Ahora, parada en el centro de
la sala se sentía observada, aunque no sabía todavía muy bien de donde venía
esa mirada tan intensa e inquisidora.
Desde muy pequeña su amada madre le había dicho
que ella era casi ciega, que había nacido así. Con el tiempo había desarrollado
ese sentido, ese de “ver sin mirar”, miraba con el rabillo del ojo, como con
las orejas, no necesitaba enfocar su mirada, era como esos ancianos ya
casi ciegos que manejan sus grandes automóviles perfectamente, casi por instinto.
No es que no vean, es otra forma de mirar. Clara creía que había desarrollado más
sus otros sentidos, tal vez sus neuronas se habían reconectado, trazando nuevos
circuitos. Había días en que las sombras le ganaban a la luz, otros en que la
luz vencía a las tinieblas.
Había otras personas ocupadas en tareas al
parecer administrativas, pero podía apostar que la mirada provenía del empleado
que estaba sobre en una fotocopiadora, un señor flaco, muy flaco.
⎯ Buen día ⎯ Clara saludó tímidamente, apenas se la escuchó.
El señor flaco preguntó ladrando.
⎯ ¿Qué quieres?, no
tengo nada para darte ⎯
Ella se sorprendió, se quedó muda. Sintió que
tenía que romper esa barrera, esa nueva barrera, tenía que tragarse la bronca
otra vez. El agua le había bajado desde su entrelazado cabello negro hasta sus pequeños
pies, entrando en esos viejos mocasines marrones, inevitablemente esto la
transportó a su casa, a su precario techo, a su origen.
⎯ Quiero…, podría yo
estudiar…? ⎯ dijo, sobreponiéndose
un poco y cerró sus hermosos ojos.
Una semana antes estaba pintando un sol amarillo
y naranja en una pared del comedor de su escuelita, estaba descalza y sucia, y
estaba casi feliz, había olvidado por unos segundos el horror de los gritos,
los golpes y las mentiras.
Su hermosa maestra le había dicho un día,
"pinta, pinta, que mientras pintes, algo bueno te pasará". Así
estaba, abstraída con sus pálidas manos, pintaba lentamente trazos largos
de colores, pensando que quería dejar algo en aquella pared para que la
recuerden.
De pronto lo escuchó, no podía creer, siguió
pintando despacito, como en cámara lenta, siguió un minuto más así, medio
paralizada, sus sentidos pasaron de sus manos, por sus brazos y llegaron
hasta sus oídos y sus ojos frágiles imaginaron lugares azules y
verdes, suaves remansos y estrellas fugaces, entonces giro sobre si, muy
despacito, y si, allí estaba.
Tendría unos dieciocho años ese pibe, estaba
parado en el centro del patio, parecía de otro planeta, vestido enteramente de
negro, con unos zapatos que brillaban en el sol del mediodía. Enmarcaba su
extraño y bello rostro unos rulos dorados que caían sobre sus hombros, en sus
mejillas pequeñas pecas café, adornaban una leve y orgullosa sonrisa. Se
preguntó cómo podía ese pequeño artefacto reluciente crear ese sonido tan angelical
y lleno de esperanzas. Al menos ella lo veía así.
Pensó que talvez ella tenía algo en común con
él, pues tocaba el violín con los ojos apenas abiertos, mirándolo apenas de
reojo y cuando los abría era para mirar al frente y sonreír, y se reconoció en
él. Clara boquiabierta, quedó sola con ese pibe, sus ojos distintos y su
encantador violín, todos habían desaparecido, el bullicio, los pinceles, los
niños, los maestros, las banderas y hasta el locro humeante y el pan casero.
Ella, recién había cumplido doce años, tenía
muchos hermanos y hermanas, tantos que no sabía bien si eran nueve o diez o doce.
Algunos ya no vivían en casa y a otros no los veía hace tiempo y nadie hablaba
de ellos y ella casi los había olvidado. En cambio recordaba siempre al dulce
de Julián, que sabía que nunca volvería, le había dejado su bicicleta y su
colchón, y mucho dolor de pecho, bien adentro. La escuelita era su salida, su
espacio, su desahogo, su baño y su maestra, y pensaba, y esperaba el fin de la
escuelita como quien piensa y espera su muerte.
Luego de escuchar esas melodías de la “Primavera
de Vivaldi”, su mundo se expandió, sus alas empezaron a brotar de sus omóplatos
y en su introvertida vida. De repente le surgió el impulso incontenible de
correr tras ese pibe y su mágico violín.
Ya en la vereda le alcanzó y le tomo de la mano.
⎯ Soy Clara ⎯ le dijo
⎯ Hola, que tal, yo
soy Manuel⎯ contesto el joven,
mostrando su mejor sonrisa.
⎯ Quisiera aprender… a
tocar…⎯ balbuceó Clara.
⎯ ¡Claro que puedes!,
ahora te digo⎯ respondió Manuel, sin
dejarla terminar la pregunta
⎯ ¿cómo hago? ⎯
⎯ ¿es lejos ese lugar? ⎯
⎯¿qué colectivo? ⎯
⎯¿el 17? ⎯
⎯¿si? ⎯
⎯¿seguro? ⎯
Ella lo devoró a preguntas, y él a respuestas,
se fundieron así, en cómplices sonrisas.
Allí comenzó su odisea de ropa limpia, cospeles
y ansiedad, que tras una semana, la trajo a este lluvioso día.
Ya estaba allí, su ilusión fue mayor que su
vergüenza.
⎯ ¿Cómo dices? ⎯ respondió el señor flaco, como si no hubiera escuchado claramente
a la niña. Clara tomo aire, se encomendó a la memoria de su hermanito Julián y
repitió, ahora con mucha firmeza, casi gritando.
⎯ Quiero estudiar violín⎯
El empleado se acercó con desconfianza y le
señaló con un gesto adusto el cartel de papel que estaba pegado en una puerta y
le entregó una solicitud para completar. El cartel rezaba: Requisitos para las
inscripciones: Solicitud de ingreso completa, Fotocopia DNI, Acta de
nacimiento, Entrevista/audición, Certificado escolar.
Se sentó en el extremo de un banco en el
pasillo, escudriño cuidadosamente el lugar, este mundo nuevo; las gotas de agua
que se escurrían por los cristales inclinados del techo, los mosaicos frescos,
brillantes y coloreados, la extraña escalera de hierro y madera, el olor a mate
cocido y el sonido tenue de música entremezclada de susurros y sueños.
Luego, más serena, fijo su vista en la borrosa solicitud
de ingreso, sacó un lápiz de su mochila y comenzó a intentar leerla. Estaba
así, jugando con el lápiz entre sus manos, cuando de pronto el pasillo se llenó
de chicos y chicas, de risas y perfumes, cada uno con su instrumento, cada uno
con su mirada, esa mirada distinta, hecha de música. La esperanza renació en
ella, sonrió apenas y se sintió, no sé porque, un poco más libre. Clara los
veía así, como miraba ella, sin mirar.
por Meguzy

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