Jaspe Joroba (cuento)

Cerró su máquina de escribir rebatiéndola dentro del escritorio lustroso, había pasado el mediodía y por las claraboyas del edificio, entraba una claridad inusitada, se levantó, se acomodó la pollera, que llegaba hasta sus rodillas, tomó su cartera y con sórdido “hasta mañana” se despidió, el saludo más parecía dirigido a ella misma que al “Jefe de Sección” que a unos diez metros de distancia, reposaba en su silla con los pies sobre el escritorio.
 El jefe, sin contestar, agrando los ojos para escudriñar su retirada, ella, con un simpático desaire, se balanceó hacia la puerta, resonando sus tacos aguja sobre el piso de madera. La mirada del jefe se clavó en su trasero, chequeando cada movimiento.
Siempre la habían pretendido los jefes, se dijo, esbozando una leve sonrisa.
“Por fin afuera” pensó, y respiró profundo, “allí adentro el aire estaba enrarecido, de tabaco y otros olores”.
La calle San Martín siempre había sido distinta, tenía un “no sé qué”, serían sus veredas, sus edificios, sus vidrieras o tal vez la gente que por allí paseaba, pensó Maria Teresa
Cruzó la calle, seguramente el jefe, como era ya costumbre, se había quedado hasta tarde, no tal solo para ver su salidera, sino para hacer alguna fulería con las fichas de registro de pagos, único respaldo de pago de las “tasas de rentas”. La típica maniobra, marcar con sello pagado, “libre deuda”, y cobrar un jugoso honorario por el favor; de solo pensarlo le recorría un escalofrío por la espalda, muchas veces estuvo tentada de pedir una auditoria, pero era mucho riesgo.
Caminó rapidito, deteniéndose unos segundos en alguna vidriera, había comenzado a lloviznar, siempre había alguna baldosa floja que salpicaba traicionera. Los carros circulaban zumbando sus neumáticos sobre los adoquines de piedra, despidiendo agua pulverizada.
No había traído el paraguas, no pensó que llovería esa tarde, había olvidado que en agosto siempre llueve un día, si, era Santa Rosa. Había cobrado su sueldo por adelantado y lo tenía todo en su carterita beige que apretaba a su mano. Estuvo tentada de entrar y tomar un café o un té con masas, no había almorzado, pero estaba ideal para ir al cine, se detuvo frente a la cartelera del Cine Plaza “Harper, investigador privado” con Paul Neuman, sin pensarlo entro y se sumergió en el mundo paralelo hollywoodense que tanto amaba desde niña.
Al salir las luces de neón de la tienda de sombreros “los cuatro cincos” tintineaban bajo la lluvia, había perdido la noción del tiempo, “era muy raro que no sepa la hora”. El gris de la tarde noche contrastaba con los nuevos coches de colores que circulaban por la ciudad con las luces encendidas, como pavoneándose entre la multitud a pie.

Volvió a cruzar San Martín por tercera vez, le había llamado la atención un cartel que rezaba “Pasajes - Tren Estrella del Norte, Tucumán – Retiro,  en diez horas”, Era demasiado rápido , pues, hasta entonces demoraban dieciséis horas, en la entrada de la casa no había nadie, la puerta estaba abierta y en ella se veía una escalera de mármol blanco que subía recta, estaba bien iluminada, aunque con luz amarillenta que hería un poco la vista, y se animó a subir, con un poco de esfuerzo llego a un vestíbulo, siempre les habían costado las escaleras, tenía una pierna un centímetro y medio más corta que la otra, y aunque no se notaba, requería de alguna pericia especial este tipo de emprendimientos. Había una decena de sillas de madera con posa-brazos dispuestas alrededor.   Dos parejas jóvenes charlaban  o más bien murmuraban, pues no se podía descifrar lo que decían. Se sentó tímidamente y miro a su alrededor. En la puerta vidriada con un espeso esmerilado y letras negras decía “J.J. Servicios”.  Al minuto se abrió la puerta y una de las parejas ingresó a la oficina.

 Hojeaba una revista que tomo de la mesita y al intentar leer, su vista se nubló, se sintió desvanecer, debía ser esa anemia que la perseguía hace tiempo y que de tanto en tanto le aflojaba el cuerpo hasta el desmayo, esta situación le obligaba a tener que transfundirse glóbulos rojos para recuperar fuerzas y color a su blanca piel que por naturaleza ya era casi blanca..
Por la ventana se observaba el reflejo rojo del neón que oscilaba parpadeando, en un hipnótico efecto. La puerta se abrió nuevamente y una voz exclamó
Adelante señorita
Al ingresar observó tras un exagerado escritorio un hombrecito medio jorobado, cuyo rostro entre sombras no terminaba de definir con su mirada.
 ¿Qué se le ofrece señorita? , póngase cómoda dijo una voz en todo amable.
Acomodándose en la silla dejó su pequeña cartera sobre el amplio escritorio.
Necesito un pasaje a Retiro, si puede ser para la semana que viene ⎯  dijo María Teresa
Ja, ja, ja, jaaaaa, ja, ja, jaaaaa ⎯   respondió la voz
Entonces, María Teresa reconoció esa risa entre irónica y burlona, que tanto odiaba, agudizo  la mirada y observó el rostro del hombrecito. Era el “Jefe de Sección”, aunque su rostro estaba colorado y tenía un abultado bigote negro, seguramente postizo..
No puede ser, se dijo. Estupefacta,  intentó levantarse, pero sus piernas no le respondían.
Ja, ja, ja, jaaaaa, ja, ja, jaaaaa. repico la risotada en todo el edificio
Jaspe Joroba,  Jaspe Joroba   como en una canción, la burla y de nuevo.
Ja, ja, ja, jaaaaa, ja, ja, jaaaaa
El hombrecito levantó su mano derecha lentamente, tomo una palanca que estaba disimulada al costado del escritorio y… ¡¡¡¡¡plank !!!!!
Ella sintió que se hundía en un abismo oscuro y profundo, infinito.
Se despertó sobresaltada, estaba todavía en la salita de espera, aliviada, revisó su cartera, estaba todo en orden, sin mirar a sus costados, corrió escaleras abajo. 
Al salir sintió el golpe de la lluvia sobre su cara, no le importaba mojarse, el susto le había hecho pasar las ganas de viajar y hasta la anemia, su corazón se le salía por la boca. Giro por calle Muñecas, y desapareció entre la gente.

Por Meguzy



  


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